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Ximénez - Una novela de Andrés Ospina - Por Laguna Libros

Capítulo I

Exclusividad y exclusión siempre fueron primas hermanas. Doña Angelina lo sabía bien. Por eso —una vez más— ella quiso salir a comprarse ropa costosa. Porque la vanidad y el desdén dirigidos hacia quienes no consideraba sus semejantes eran dos costumbres con las que había crecido y de las que, a su manera, disfrutaba.
El almacén de Mina Silva —sin rival comparable en toda la ciudad— estaba dividido en dos mitades, cada una segmentada en muchos compartimentos, de esos a los que los colombianos
llaman vestieres y a los que la mayoría del mundo hispanohablante denomina vestidores.
Dentro de éstos había espejos de aumento, un poco más altos que anchos, generosamente dispuestos para adornar la superficie entera de cada cubículo, lo que garantizaba al cliente una vista completa y un tanto magnificada de su propio cuerpo.

En el centro, entre las dos alas del establecimiento, destacaba por su extensión un corredor, similar en aspecto a una pequeña
pasarela, toda tapizada en fibras importadas. Casi escondidos en el segundo nivel, los tres cuellos de igual número de costureras exhibían un trío de cintas métricas, parecidas
en espíritu a los estetoscopios lucidos por los profesionales de la medicina. Ellas tan prestas a atender los requerimientos —en todo caso urgentes— de la clientela. Dentro de sus bolsillos, varias tizas pesadas de modistería aguardaban el instante oportuno para impregnar alguna tela con su estela polvorienta, lo que hacía más precisa cualquier maniobra de sastrería. En sus manos, algunas veces, una almohadilla era pinchada por decenas de alfileres con cabezas esféricas. En ocasiones había que ajustar las medidas de la cintura. En otras los puños debían ser recortados. Pero, las más, alguna dama recatada exigía como requisito para su compra la disminución de cierta abertura de falda, no muy discreta.
Cuando doña Angelina y su hija Inés llegaron a la tienda, directo desde la casa de la 20 con Cuarta, ya había una selección con la mercancía más costosa aguardando por su indecisión, por su compulsión de comprar o por sus despiadados ímpetus críticos.Y un buen espacio en la registradora, ansioso de ser llenado por una cantidad apreciable de billetes nuevos.
La mismísima Mina Silva se había comunicado esa mañana con ella para informarle acerca de las nuevas mercancías ultramarinas encargadas —según ella— a las modisterías más importantes de París.
Durante las horas que restaban del día (y las adicionales que fueran necesarias) sus destrezas de comerciante habrían de concentrarse
enteramente en convencerlas de quedarse con todo. Resolver el más insignificante de los cuestionamientos acerca de la calidad, el origen y el precio de los sombreros, sastres y pieles europeas, era competencia de su oficio, ejercido por ella con la suficiente diplomacia (hipocresía, dirían algunos) como para lucir sincera. Hija y madre llegaron; la una detrás y la otra antecediéndola. Mina decidió anticipárseles:
—¡Yo conozco a mi gente, doña Angelina! Por eso la llamé antes que a ninguna otra dama en Bogotá. Siempre pienso en ustedes cuando nos llegan bellezas como las que les tengo guardadas. Por algo somos (y lo digo sin modestias innecesarias) la mejor casa de modas y peletería de la ciudad. ¿Los modelos son para usted o para Inesita?
—Queremos verlo todo y por el camino decidimos. Aquí entre nosotras, Inesita pronto estará de quince y va siendo hora de presentarla en sociedad. Y de la hija de la dama mejor vestida
de Bogotá nadie esperaría menos. Ahí donde la ven, la niña habla inglés y francés a la perfección. ¿Cuántas de su edad en Colombia pueden decir lo mismo? Inés, inhibida por la arrogancia de una madre en la que
severidad y orgullo se disputaban el podio como virtudes predominantes, prefirió callar.
Después de cumplir con el rito protocolario de pavonearse por todo el corredor para luego escuchar los halagos —no muy sinceros— de la planta entera de trabajadoras de la boutique y de las demás clientes (clientas, en palabras de otros) de cuya economía y genealogía ella sabía todo, la matriarca aristócrata decidió llevarse tres pieles, dos sombreros y un par de vestidos.
Se registraron las alteraciones necesarias para la correcta horma de las prendas, pagadas por doña Angelina en efectivo y con papel moneda de alta denominación. Con el fin de protocolizar las gestiones de envío de los paquetes hasta la casa de la 20, la dependienta encargada, armada con su agenda de despachos, se acercó hasta la cliente honoraria para indagarle.
—¿A qué hora prefiere que le mandemos las cosas, doña María Antonia?
Un tufillo gélido invadió todo el recinto. Un estremecimiento espasmódico pareció subir por la espina dorsal de la dama, quien no intentó esconder su ira.
—¿Cómo me dijo?
Ya consciente de la falta crasa, la dependienta procuró enmendarla.
—Mil disculpas, señora Angelina. A veces se me confunden los nombres. Estaba pensando en su hermana.
La petición de indulgencia y la mención del parentesco —lejos de despertar su compasión— terminaron por indignarla aún más.
—¡No se le vuelva a ocurrir cambiarme mi nombre por el de esa mujer pública! —le advirtió.
Al vaticinar la venidera catástrofe, Mina, en su calidad de patrona (aunque, para ser justos, toda patrona es en realidad una matrona), decidió intervenir, amonestando a su empleada.
—Es la última vez que le admito una salida de estas, Fidela.
Luego, casi suplicante, se dirigió a la ofendida:
—Y será la última en que algo como esto suceda, doña Angelina. Igual de enojada que al principio, la compradora sentenció:
—Naturalmente que va a ser la última, porque no pienso volver por acá. Si les queda algo de vergüenza, espero que me envíen el dinero a la casa. No me llevaré ropa de una tienda en la que se
acostumbra a vestir ‘señoritas eléctricas’. Y me encargaré de que todas mis amigas lo sepan. Fidela se le abalanzó para implorarle. Pero los afanes serviles de la penitente eran poca cosa al comparárseles con la furia de la dama, quien asió a su hija por el brazo, con brusquedad, para iniciar el ascenso hacia su hogar, desde el prestigioso salón de
modas (localizado en el número 7–59 de la calle 19). Ya cuando iban subiendo para tomar el andén de la Séptima hasta la 20, la joven (en el fondo aliviada tras haber regresado la mercancía escogida por su señora madre para ella, pues su gusto y el de ésta no concordaban) se decidió a reclamarle...
—¿Es que no sabes, madrecita, que María Antonia, a quien tú llamas ‘mujer pública’, realmente es tu hermana y mi tía?
—El que yo tenga el deshonor de llevar su sangre, lejos de atenuar la vergüenza, la duplica. Y acentúa el merecido desprecio. ¡No se hable más!
Un día después las prendas llegaron a la casa de la 20. En el paquete estaba, además, la devolución completa del importe pagado por éstas. También una canasta de frutas y una tarjeta de
excusas en donde —para que la colérica señora se sintiera vengada— se le notificaba el despido de Fidela y se le rogaba, a manera de desagravio, recibir todo lo anterior como un obsequio. Fidela perdió su trabajo. Y aunque el costo humano y financiero (para la mayoría el más importante) parecieran altos, Angelina volvió a ser cliente de Mina Silva. Ésta, a su vez, para amedrentar y aleccionar a las demás trabajadoras de su almacén, se regodeó del gesto con un muy orgulloso “¿Sí ven? ¡Aprendan! Así es como se contenta a las ricas”. Y —en efecto— del asunto jamás se volvió a hablar.